V
“Che gelida manina
Se la lasci riscaldar.
Cercar che giova?
Al buio non si trova”.
Que manita tan helada
¿Se la puedo calentar?
¿Buscar?, qué importa
En la oscuridad no se encuentra.
Giacomo Puccini. La Bohéme
Gevaudan, Francia. En el año de 1767.
Diana escudriñó el horizonte tupido de arbustos y árboles retorcidos.
La luz de la Luna se colaba entre las rendijas creadas por las ramas cruzadas.
Sus ojos de vampiro no pudieron detectar nada.
Los agudos sentidos de Diana le gritaban que algo no andaba nada bien.
“Ve a investigar”, le dijo mentalemnte a Marisabel, ya que su vínculo ama-familiar ya se había establecido.
“Ve a que te zurzan”, respondió la gata-zombi, “hay algo allá afuera”.
La hierba estaba húmeda.
Tal vez haya huellas.
Se agachó para inspeccionar el sendero. Y como un trueno una especie de animal enorme golpeó con fuerza el espacio que dos segundos antes había ocupado el cuerpo de Diana.
—Troppo tardi stolto[1] —dijo la vampira.
La bestia se volteó con los ojos llenos de furia y los dientes listos a despedazar lo que fuera que se había burlado de él.
Lanzó un golpe con la garra contra el estómago de Diana atravezándola limpiamente.
El monstruo contempló el forado que había causado.
La vampira lo miró y sonrió.
—Riprovare, dolcezza[2] —dijo Diana.
Tomó al monstruo por el cuello con una sola mano y lo alzó un par de centímetros del suelo.
Ella era inmensamente más fuerte que el.
E inequívocamente más inteligente.
“Con que tú eres la Bestia de Gevaudan”, pensó, “¡demonios!, pensé que eran vampiros, me imagino que no hay aquelarres activos en Francia o ya te habrían dado caza”.
Arrojó a la bestia a diez metros haciéndolo estrellar contra el tronco de un árbol enorme.
—A los vampiros no les gusta que otros se atribuyan la fama de come-hombres —dijo Marisabel pavoneándose frente al monstruo caído.
—Le chat parle —dijo el hombre-lobo, retorciéndose de dolor.
—Así es, hablo, pero no francés, bruto.
El monstruo enseñó los dientes.
—Ah, ah, si me haces algo mi ama se va a enojar. Mira ahí viene.
“Qué hacemos con este, querida”, pensó Diana.
“En Dracuul los usaban como sirvientes y como soldados”
“No necesito un sirviente ni un soldado”, dijo Diana. Pero pensó que en el futuro sería difícil sobrevir sin un aquelarre.
—Levántate.
El hombre-lobo se levantó sobre sus patas traseras. Se frotaba donde la mano helada de la vampira lo había estrangulado.
—¿Sabes hablar? —le preguntó Diana.
—Si —gruñó el monstruo.
—¿Tienes nombre? —dijo la vampira. Sus ojos cambiaron a un color rojo intenso.
—Marco —gruñó otra vez.
—Bueno, Marco, aprenderás tus primeras palabras en rumano. En algún momento oirás la frase: “Se împreună”.Y acudirás sin importar qué estés haciendo.
Hizo una marca con el dedo helado en el pecho del hombre-lobo.
El monstruo aulló de dolor mientras Diana quemaba la marca de su familia en su nuevo aliado.
—Desde hoy estás atado a mí y a mi aquelarre. Y deja de comer franceses.
Las palabras de la vampira quedaron impresas en el cerebro del hombre-lobo.
—Está bien, de cualquier forma era el último día de la Luna Llena.
—Qué bueno, mañana parecerás gente —dijo Marisabel.
El hombre-lobo le enseño los colmillos.
Los tres caminaron hasta la cima de una colina.
Hacia el fondo se veían las luces de una ciudad.
Una ciudad llena de personas llenas de sangre.
Diana había hecho por 30 años una dieta exclusiva de italianos.
Estaba harta de comer italianos.
Hoy se iba a dar un banquete exquisito digno de la renombrada cuisin francesa.
Esa noche hubo muchos gritos.
La gente lo atribuyó a los gitanos y sus ceremonias satánicas.
Otros dijeron que eran lobos híbridos que habían venido del África.
Los humanos eran criaturas curiosísimas.
Y los franceses estuvieron deliciosos.
