viernes, 16 de diciembre de 2011

Vampiros y hombres lobo contra zombis provocan el Fin del Mundo (3)

III

“Por ti bailaría bajo una tormenta
con mi mejor vestido, sin miedo”.
Taylor Swift. Fearless

Era una noche tormentosa.
Carol acechaba a su presa como un leopardo.
Era un chico de unos diecisiete años que caminaba despreocupadamente por la calzada desierta.
La vampiresa era precisa y letal. Se impulsaba como un animal de presa saltando de muro en muro muy por encima de su víctima y silenciosa como una sombra.
El último salto era el crucial.
Con un golpe de su mano destrozó la mitad de la cabeza del joven y parte del hombro.
El cuerpo tembloroso cayó al suelo del callejón.
La sangre le manaba a borbotones.
Carol lo dejó seco en pocos minutos.
Pero la noche recién comenzaba.

Hizo un llamado a su aquelarre.
Se împreună”.

Diana y Marisabel acudieron de inmediato.
Los ojos de Diana brillaban rojos como la sangre fresca
Llevaba el cabello lacio hecho un moño. No le gustaba ensuciarse mientras comía.
Marisabel era complicada. Era una zombi así que solo sentía debilidad por los cerebros pero además era una gata así que su alimento eran cerebros frescos de rata o de paloma.
Manjar tan escaso como las trufas. Complicado de encontrar y efímero en el estómago.

Marco llegó andando en cuatro patas con el hocico de lobo ensangrentado.
El aquelarre cazaba por su cuenta al inicio. Luego juntos iban en busca de las mejores presas.
Pero la noche estaba muerta. Literalmente.
Se respiraba miedo e incertidumbre.

Los cuatro seres se miraron unos a otros. Y todo volvió a ser como la noche en que se conocieron.

Era el año de 1789. Había mucha revuelta. Mucho tumulto alrededor del patíbulo improvisado que habían puesto en la plaza.
Mezclados entre la multitud podría haber habido asesinos y delincuentes de todo tipo.
Pero la atención de la gente estaba en la persona que caminaba por los tablones.
Llevaba una capucha negra. Lo conducían a la guillotina.
Carol observaba la escena con un gesto totalmente neutral.
Su vestido negro pasaba como el de cualquier ciudadana que luchaba contra la opresión de la monarquía. Incluso había gritado arengas una que otra vez.
Tenía los ojos clavados en la persona que estaba siendo condenada a decapitación.
Sus ojos tenían en el fondo un brillo rojizo.
Otra espectadora prestaba la misma atención.
Estaba vestida con un vestido más sencillo e iba descalza.
Al principio Carol no había advertido su presencia.
Pero esta vez no iba a perder la oportunidad.
Apartó la vista del condenado y los fijó en la chica.
Observó cada movimiento por insignificante que pareciera.
Esta vez no iba a quedarse con la duda.
Escuchaba atentamente todo lo que pasaba en el patíbulo.
El verdugo retiraba la capucha de terciopelo negro y la multitud abucheaba cuando veían el rostro de la persona que iba a morir.
Algunos lanzaban cosas. Otros proferían improperios.

Liberté ou la mort!”.
“Libertad o la muerte”, la frase hizo que Carol esbozara una sonrisa sin necesidad de apartar la vista de la joven que estaba espiando atentamente todo.

“La muerte es la libertad”, escuchó Carol. Ya había escuchado cosas así de entre la multitud pero no podía identificar de quien era la cabeza que producía estos pensamientos.
Y no podía tomar acciones sin estar segura al cien por ciento.
Tenía que esperar una señal. Algo que confirme las sospechas que albergaba desde hace tiempo.
La joven seguía con los ojos fijos en el patíbulo. Sin pestañear ni una sola vez.
El oído de Carol detectó que el verdugo deslizaba la guillotina hacia arriba.
La multitud enmudeció.
Ni el crujido inconfundible de la pesada hoja de metal llegando a la parte más alta y el tenue click antes del atronador descenso hicieron que Carol desatendiera su observación.
El golpe sobre el cuello también produjo un crujido espantoso.
Y luego la gente dio un ominoso vitoreo.
En eso ocurrió.
Carol sonrió ampliamente.
Estaba ahí. La señal. Esta vez no podía estar equivocada.

Avanzó hacia la joven y se plantó delante de ella.
La joven la miró asombrada.

—No soy eso de lo que usted me acusa madame.
—Sí lo eres y estoy ahora más segura que nunca.
—¿Y se puede saber por qué?

—Porque no he hablado —le dijo Carol—, has leído mi mente. Te he dicho: “Sunteti un strigoi[1].
—¿Cómo lo has sabido? —preguntó Diana, aterrada.
—No te preocupes. Yo también lo soy. Te observé mientras ejecutaban al hombre. Cuando la cabeza cayó y la sangre brotó de su cuello. Te relamiste. Vamos, busquemos algo que comer.
Desde ese momento cazaron juntas.




[1] Eres un no-muerto

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