sábado, 17 de diciembre de 2011

Vampiros y hombres lobo contra zombis provocan el Fin del Mundo (4)


IV

“Cuando los ojos violeta se hacen más grandes
Y las pesadas alas se hacen más ligeras
Saboreo el cielo y me siento vivo nuevamente”.
Owl City. Vanilla sky

Roma, Italia. En el año de 1767.

Marisabel caminó por las ruinas del coliseo.
Sus patitas flacas rozaron la roca mohosa que era su preferida.
El coliseo romano había estado infestado de gatos por años.
Los gatos en resumidas cuentas no tenían ambiciones.
Languidecían. Si es preciso decirlo así.
La joven que aparecía en las noches no había venido desde hace tiempo.
A Marisabel le caía bien aquella joven.
En el pueblo le llamaban la strega, “la bruja”.
Marisabel no sabía cuáles eran sus intenciones, pero lo pasaba muy bien cuando la joven se presentaba.
Marisabel era una gata con aspiraciones.
Una rareza.
Una vez en el mercado había escuchado que las brujas adoptaban gatos negros como familiares.
Esto podría significar un giro importante en su línea de carrera.
Más o menos.

Los vampiros ciertamente lo hacían.
Ciao bella, come stai? —le dijo Marisabel a una gata que pasaba delante suyo.
La gata la contempló con la mirada vacía y le dirigió un “Miau”, que no sonaba a italiano por ningún lado.
Marisabel suspiró.
Desde que había abandonado su casa en Rumania no se había acostumbrado a la escasez de conversación.
Miao —dijo desinteresadamente, luego se levantó de su roca mohosa y estiró sus huesos.

La joven apareció en medio de la noche cubierta con una capa negra y larga.
Marisabel se dirigió hacia la explanada del coliseo.
La joven la miró con sus profundos ojos de color violeta brillante y sonrió.

Ciao bella, come stai? —le dijo la joven.
Bene, grazie —respondió Marisabel.
—¿Quién es la gata zombi más bonita? —dijo mientras le rascaba detrás de la oreja.
La oreja se cayó al piso.
Ambas rieron.
—Lo siento, lo arreglaré más tarde —dijo la joven strega.
—No te preocupes —dijo Marisabel.
—Eres una gata muy bonita. ¿Cómo es que no tienes dueño?
—Allá en Rumania, era familiar del aquelarre de Dracuul —dijo Marisabel rascándose el agujero pelado que había dejado su oreja al desprenderse—, o lo era antes de que Grace se fuera a dormir.
—Es gracioso —dijo la joven strega, sus ojos cambiaron a un color celeste pálido como la Luna— yo también trabajaba para el aquelarre Dracuul.
Marisabel la miró fijamente con su único ojo.
—Entonces podría ser tu familiar.
—Sabes que el Primer Aquelarre ya no existe más.
—Estoy impedida de seguir a nadie que no sea de Dracuul.
—Ven conmigo entonces.
—¿A dónde vamos, ama? —dijo Marisabel inflando el pecho, o por lo menos haciendo su mejor esfuerzo.
—Y por favor córtala con esas estupideces de “ama” y los tratamientos protocolares. Mi nombre es Diana.
—Bueno, es la costumbre, ¿a dónde iremos?
—No lo sé aún —dijo Diana levantándose del suelo polvoriento—, tal vez a algún lugar cerca del mar. Adoro el mar.

Caminaron toda la noche.
Cuando el cielo se tornó color vainilla Diana y Marisabel se refugiaron en una catacumba cerca de la Via Avia.
A partir de entonces caminarían siempre juntas.
Hasta que despertara el Primer Aquelarre.
Hasta el día del Fin del Mundo.

—¿Sabes algo curioso? —dijo Marisabel.
—¿Quep? —dijo Diana.
—En italia te llaman strega, que significa “bruja”, pero tiene que ver con la raíz rumana strigoi, que quiere decir “el no-muerto”.
“Este va a ser un largo viaje”, pensó Diana.

Después de caminar varias semanas llegaron al poblado francés de Gevaudan.
Había una leyenda humana que Diana quería comprobar.
Los humanos eran criaturas curiosísimas.

Avanzaron un trecho largo por la campiña.
Diana hizo un gesto con la mano a Marisabel para que brincara a su hombro.
Los agudos sentidos de la vampira habían captado algo extraño en el ambiente.
Demasiado tenue para ser considerado un sonido.

Alguien las estaba siguiendo.
Y definitivamente no era humano.

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